Co-leer
El proceso creativo invita a la reunión: como excusa para encontrarse, como medio para problematizar la realidad que compartimos y significamos en común. Ese entendido del trabajo artístico lo aprendí junto a Rodrigo Ímaz. Desde hace varios años colaboramos en Hojarasca, colectivo donde hemos intentado poner en práctica la potencia de reunirse a partir del trabajo creativo. Por ello mi escrito habla sobre la presencia de la colectividad en la obra del artista y en su proceso, menos enfocado en la individualidad y más en el sentido común.
Rodrigo observa con agudeza lo que pasa alrededor suyo y comparte esa sensibilidad. Recupera en su obra objetos cotidianos, que transmuta para problematizar su significado unívoco y utilitario. Lo vemos en Triciclo del progreso, un triciclo adaptado para que, al pedalear, gire únicamente una rueda colocada de cabeza, cuestionando hacia dónde giran las supuestas ruedas del progreso y quién las pedalea. A pesar de seguir pedaleando, no se avanza hacia ningún lugar. Al abstraer un objeto de su contexto, señala cómo lo significamos en común. La obra y el proceso creativo evidencian la potencia colectiva de la «re-significación» a partir del estar atento a lo que le rodea.
Rodrigo se formó como artista inserto en un canon específico, el de las tradiciones clásicas del academicismo mexicano eurocéntrico, enseñado en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP). Pero aprendió la talacha y la reinterpretó en el taller de grabado. Y como cineasta ha sabido aplicar las maneras en que pueden colaborar múltiples artistas en la realización de una misma obra. De ambas prácticas artísticas recupera el gesto de reunir una comunidad para producir y lo contextualiza a su entorno. Al recurrir a símbolos populares en técnicas tradicionales, Rodrigo actualiza la tradición con objetos que históricamente han sido ajenos a esta, expandiendo el campo de juego del mundo del arte. Símbolos como refacciones de coche, balones ponchados, el antes mencionado triciclo o luchadores, todos asignados en el imaginario común a lo popular, tradicionalmente excluidos de lo sacro de la galería, aparecen como provocaciones.
En su pieza Acta Rodrigo Maíz, mediante un anagrama renuncia al nombre propio para asumir uno común: Maíz, base de la alimentación de los mexicanos, fruto de la agricultura, hibridado de dos plantas por quienes vivían en lo que hoy llamamos México. El maíz representa también un símbolo popular mexicano del arraigo, de sembrar nuestras propias raíces. Recombinando las letras, cambia de apellido y escenifica cómo muchos nombres caben en uno: asume un nombre común. Así, su autoría es de una idea popular vuelta propia, realizada desde una sensibilidad que repara en quienes le rodean y sus símbolos por medio de metodologías exploradas ancestralmente por muchas manos, que son parte de un proceso creativo del que Rodrigo es motor.
La colectividad se puede entender también como el acto de leer en común: constelación de puntos de vista que configuran una trinchera desde donde, entre varias miradas, se comparten lecturas. Desde ese proceso de lectura en común, la producción se vuelve un sistema que se nutre de la multiplicidad de puntos de vista, actualizando la enseñanza del oficio del taller de artes, sin tener que sacrificar la singularidad y la autoría. La deriva colaborativa a la que Rodrigo recurre en su arte es deriva callejera, vagancia cotidiana, leer el mundo mientras se le recorre acompañado, formar un punto de vista propio a partir del encuentro, y desde allí, desde esa fiesta de puntos de vista, proponer una idea y llevarla a cabo. Es lo que hemos puesto en práctica en Hojarasca: dar pie a una entidad que reúne la posibilidad de leer y producir desde lo común, respetando la perspectiva de cada quién.
La colectividad aparece en varios momentos a lo largo de la obra de Rodrigo Ímaz: por cómo entiende que la realización es un proceso cotidiano, desde una sensibilidad que se abre a quienes habitan alrededor suyo; por cómo la obra se realiza desde un sistema de producción que cita a un canon, a una forma gremial de producir a partir del encuentro dirigido por un autor que, en este caso, lo es sobre todo de una idea, y por cómo incorpora, entre diferentes medios, elementos del imaginario común mexicano, recuperando sus raíces y trayéndolas al mundo del arte. Rodrigo entiende que, en las ideas, todo es de todos. Su trabajo es, en muchos sentidos, desde lo común y para la comunidad. Esa es su trinchera y su incidencia: no solo representa a su contexto en su obra, sino que lo encarna y lo incorpora a su práctica, recordándonos que el trabajo artístico puede ser colectivo.
Emilio Araujo