El sentido de la belleza

El trabajo del cineasta y artista visual Rodrigo Ímaz se caracteriza por una energía creativa hiperproductiva que abarca varias disciplinas, incluyendo el dibujo, la pintura, el diseño gráfico, la escultura y el cine. Así es como en tres formatos —el cortometraje Billboard (2022), el mediometraje Juan Perros (2016) y el largometraje Àvia, el jardín de la memoria (2025), obras que hacen eco entre sí, aunque cada una con códigos singulares— establece un equilibrio dentro de una visión autoral integral. En estas tres películas se traza una concepción del cine en la que la mirada, planteada por las guías de exploración retratadas por la cámara, se transforma en una metáfora de belleza vital.

En Billboard, se erige en una playa un armazón que sostiene un marco para exhibir anuncios, a través del cual observamos la vida cotidiana. Tiene un aspecto monolítico y carece de publicidad. Alrededor de él transcurren acciones: una persona que pasa, perros que van y vienen, pero, sobre todo, el envolvente mar cuyo bamboleo nos hipnotiza y nos transporta al fuego y a las cenizas, al inicio de los tiempos. Billboard es una pieza alegórica que descontextualiza la estructura urbana y la reconstruye con elementos naturales para resignificarla, alterar nuestro punto de vista y llevarnos a otro lugar. La resignificación es el motor narrativo que nos guía sensorialmente a través de las fugaces imágenes de la pieza. Este acercamiento conceptual está presente también en Juan Perros y Àvia—donde la forma cobra un aliento más potente— combinando el retrato de personas con la narración sobre sus vidas, moldeando la forma poética de estas obras y creando personajes profundamente intrincados.

Hace muchos años, el hombre que se hace llamar Juan Perros vivió tal violencia a manos de unos secuestradores que vio a la muerte directo a los ojos. Moribundo, comenzó a silbar y ellos, distraídos, pensaron que los silbidos provenían de otra persona que se acercaba; así que escaparon, dejando milagrosamente libre a Juan Perros. La película, llevada a cabo años después de ese evento, arranca con un silbido melódico, mientras Rodrigo Ímaz sigue al protagonista caminando por un campo agreste hasta llegar a un río en donde se baña. Ese silbido lo persigue, atormentándolo en un entorno primitivo, dentro de un terreno rodeado de residuos y elementos básicos para sobrevivir. Tiene una relación cariñosa con los animales que le han dado sentido a su vida: un burro, cerdos, lechones y perros, muchos perros. La película es el retrato atmosférico y abstracto de este hombre que vive bajo sus propias reglas, dedicado a su refugio y utopía, volcado al bienestar de su entorno. A veces, las imágenes de la pieza nos remiten a otro tiempo; cuando nos acercamos al rostro y las palabras del individuo, reconocemos la mente de un hombre herido, pero que logró construirse un mundo seguro. Los mecanismos del fondo y la forma que guían la historia crean un entorno cinematográfico en ocasiones concreto, cuando estamos cerca de Juan Perros, y otras absurdo, cuando la cámara observa su entorno cotidiano.

Àvia, que significa «abuela» en catalán, es el título de la más reciente película de Rodrigo Ímaz, que narra las bondades y adversidades que definieron la vida de la maestra de etnobotánica Montserrat Gispert Cruells. En esta obra ella relata con gran sensibilidad las vivencias que constituyen su historia ante la mirada de su nieto Rodrigo, cuya cámara parece estar en todo momento presente, en actos cotidianos que van desde mirar por la ventana hasta pasar por una dolorosa cirugía. En ocasiones, el cineasta la desafía con preguntas acerca de su dolor más profundo, la enfermedad y el deceso de José María Ímaz Gispert, el menor de sus cuatro hijos. El sufrimiento se vuelve una guía a lo largo de la película, ya que el doloroso tema resurge, provocando reacciones desgarradoras en Montserrat ante la aflicción que la seguirá hasta los últimos instantes de una vida plena, pero con la herida profunda de haber sobrevivido a un hijo. Las emociones están constantemente a flor de piel en un filme que no solo plantea un viaje íntimo, sino también uno épico, pues se inscribe en la memoria más amplia del exilio a la vez que retrata las particularidades de su militancia política. Al igual que Juan Perros, Montserrat Gispert tiene una relación de íntima complicidad con la naturaleza, con la que claramente se identifica. «¿Y si tú fueras un árbol, qué árbol serías?», le pregunta Rodrigo. «Un ahuehuete», responde ella al inicio de la película, después de acariciar la corteza del árbol. Quizás esta confidencia a su nieto viene de un enorme deseo que permea todo el filme: que la vida sea tan bella y longeva como un ahuehuete.

Michel Lipkes