Representar desde la idea. Documentación simbólica y transformación en la obra de Rodrigo Ímaz
El objeto técnico debe ser soñado antes de ser construido.
Gaston Bachelard
Crear es un acto dimensional, no solo por el ejercicio implícito en la gestación de nuevos seres, sino por la profunda responsabilidad que invocar —y dictar— sentido implica. Nada se crea sin imposición. En sus respectivas proporciones y escalas, todo lo que existe es resultado de forcejeos estructurales, invocaciones temperamentales y sinergias materiales. Ajustes y acomodos de sentido. Diálogos energéticos de cosas sobre cosas, de espacios sobre espacios. Todo en un estado de conjugación dinámica: la voluntad espiritual.
Rodrigo Ímaz abraza el arte como una forma de resistencia. En su obra la lucha es clara; un embate ironizante entre lo que es contra lo que podría ser. Su dimensión creativa se basa en la invocación: la materia reacciona a la idea, instantáneamente. Su proceso de conceptualización es su proceso de materialización. Por su naturaleza personal, Rodrigo ha desarrollado una delicada manera de conjugar emotividad-plástica y conceptualidad-simbólica, alcanzando resultados sintéticos, puntuales y de muy precisa significación. Como un alquimista frente a su fórmula.
Pero este enfrentamiento no es gratuito ni ocurrente; es revelador, oracular. Su creatividad (emocional) negocia con las estructuras de pensamiento que rigen las formas de la realidad mientras documenta y propone. Es un proceso solitario porque el diálogo (consigo mismo) es absoluto y cardinal: se asume autor para direccionar fuerzas discursivas, conceptuales y, una vez más, emocionales. Lo que hace, brota.
Como si se tratara de una ciencia emocional, la lógica y el lenguaje formal en las piezas de Rodrigo Ímaz se infieren con ligereza y se digieren con humor, mientras que sus fundamentos conceptuales son evidentemente constructivos y graves. Cada objeto representado en el cuerpo de su obra es «una parte que asoma» de entre toda una estructura cultural citada o aludida. No es poco; sus objetos inspirativos responden a principios científicos, morales, sociales, políticos, y a realidades presentes. Rodrigo denuncia, cita y bromea, pero no se ausenta. Con su obra persiste e insiste, en diálogo con artistas vivos y anteriores, así como con arquetipos de muchas, muchas cosas. En la retrospectiva de su trabajo se percibe una textualidad histórica en la que su voz ha ido respondiendo tema a tema, razón a razón. Partes de un todo y todos de muchas partes que —siempre— nos son familiares.
¿Sinécdoques?
—Muy necesarias en tiempos como estos.
Todo se desfragmenta y se resignifica en el momento de la creación.
Si el creador no se asume autor, la significación colapsa. Quien crea, conjura.
Rodrigo es un autor-hacedor. Mucho de lo que hace presenta serias conexiones con múltiples dimensiones artísticas: la plasticidad razonada, el trazo matemático, la ilustración aguda, la monumentalidad, la revelación poética, la satirización, el contexto histórico, la representatividad simbólica, la composición armónica y la siempre poderosa figuración.
Sí. Dibuja-modela-pinta-ilustra-retrata-conceptualiza-instala-documenta. A veces, simultáneamente. La versatilidad es una consecuencia natural que constantemente lo posee y lo guía. Como artista, transforma el sentido en teoría a través de pequeños sistemas estéticos que generan instantes emocionales conmovedores. Así habla su obra al espectador, transferencialmente. Como ideador, Rodrigo logra un suave concilio filosófico entre el sentir, el hacer y el decir.
¿Para qué?
—Para participar de la verdad.
Durante el acto creativo y la revelación del cuerpo discursivo, ya en manos de Rodrigo, suceden peligrosas emergencias:
La entrega a una consciencia física y espectral de la realidad.
El diálogo con los sentidos que convergen en el ser del objeto representado.
La decodificación del saber, en busca de una evolución lingüística (o conceptual).
La polisemia y la compulsión explorativa.
De Rodrigo Ímaz y su obra he aprendido algo: la fuerza interpretativa es una energía que proyecta hacia el todo-perimetral (¿centrífugamente?) y el espacio del estar-ahí. Una moraleja de su obra es que si te alejas, la pierdes. Si la verbalizas, te confundes. Te exige estar con ella, en ella. Como el amor en todas sus formas.
Él nunca se ha detenido frente al yugo de la materialidad o la técnica. Vive en su oficio. Es un autor que sabe observar los movimientos del sentido. Los cuestiona estructuralmente y responde con la versatilidad de la forma y con la materialidad que la realidad le arroja. Invoca ideas para certificar posibilidades que transformen todo esto.
Como un documento apócrifo que nadie solicitó.
Luis Ramaggio