Rodrigo Ímaz Aquí, en el Antropoceno
El ser humano, en su interacción —acción e inacción— con la naturaleza, ha sido objeto de reflexión y discusión desde diversos ángulos y disciplinas que varían tanto en objetividad como en tecnicidad. Estas se desplazan y toman forma desde la ciencia, «siempre» exacta y rígida, hasta lo más profundo del sentir humano, expresándose como arte. Es precisamente a través del arte que Rodrigo Ímaz genera preguntas y discusiones sobre la relación —cada vez más delicada y fragmentada— de una especie, el Homo sapiens, con el resto de especies y procesos naturales (meteorológicos, geológicos y ecológicos) que le rodean. Las dinámicas interespecíficas y el ambiente se han modificado de tal manera que la época geológica que atraviesa la Tierra en este momento ha sido llamada Antropoceno. Este es un tema principal en la obra de Rodrigo. Basta citar las escenas distópicas de diluvios epopéyicos en los que animales marinos de talla colosal caen sobre vehículos motorizados, haciendo alusión a un desesperanzador futuro cercano en que la sequía provoca que incluso la especie «dominante» del planeta sea aplastada junto con toda su tecnología.
Los procesos naturales del planeta tienden a cierta ciclicidad, lo que ha determinado la evolución y extinción de muchas especies a lo largo de los miles de millones de años en que la vida en la Tierra se ha abierto camino. Sin embargo, los cambios cíclicos se han acelerado con la rápida evolución del Homo sapiens, cuya capacidad de formar complejas sociedades estratificadas, domesticar plantas y animales, desarrollar diferentes formas de escritura, armamento, creencias religiosas, etc., no solo ha determinado un orden mundial conformado por países colonialistas y países colonizados, sino que también ha violado toda ley natural y roto cualquier ramificación de una red trófica (antes se conocía como cadena alimenticia) que se ha entretejido durante millones de años, provocando así el desequilibrio ecológico del lugar que cohabitamos con miles de millones de especies y al cual llamamos cínicamente «nuestro planeta». Estos son los argumentos que Rodrigo usa como crítica en muchas de sus obras, entrelazando el abuso del ser humano hacia la naturaleza y su hambre por los recursos naturales con la desigualdad en las sociedades humanas, e incluso con simbolismos de historias personales.
Orcavión cuestiona la idea del progreso humano como prioridad sobre cualquier cosa, sin importar el abuso de otras formas de vida. Las orcas (Orcinus orca) son de las especies más inteligentes del reino animal. Forman estructuras familiares con organización matriarcal, poseen un complejo sistema de comunicación y han desarrollado diversas estrategias de cacería en equipo que, junto con su velocidad y fuerza, las convierte en depredadores ápice de la red trófica del océano. Paradójicamente, el ser humano las ha esclavizado y espectaculizado, encerrándolas en albercas que distan de cualquier ligera similitud con el ambiente natural donde viven. En su diversidad de técnicas, Orcavión reflexiona sobre lo que alguna vez nos sorprendió y atemorizó por su poderío y ferocidad en el océano, y ahora nos sorprende por su inteligencia al servicio del ser humano; sobre nuestro distanciamiento y nuestra desubicación como especie en el entramado del equilibrio ecológico, y especialmente, sobre el fracaso del ser humano al constatar que la industrialización y tecnificación de la naturaleza solo llevan a la destrucción propia y de gran parte de la vida en la Tierra en un acto de decidida negligencia.
Rodrigo plasma también otras ideas que giran alrededor de la problemática ambiental, como la sobreproducción de basura en su documental Juan Perros y en el discurso que envuelve la serie Latas de Palestina. Aunque divergen en cuanto a técnica, su argumentación converge en cómo la basura puede moldear la vida de unos y, al dejar de ser inservible, cambiar un paradigma que parecía absoluto.
Una gran cantidad de piezas de Rodrigo refiere a elementos de la naturaleza. Entre animales y plantas, el artista construye sátiras y críticas que caen como una cubeta de agua fría y llevan al espectador a cuestionarse sobre los modos en que las sociedades se desarrollan y cuáles son los límites que el planeta puede soportar antes del colapso, antes de que calamares gigantes o ballenas aplasten todo símbolo de desarrollo. Rodrigo Ímaz pone en tela de juicio los modos del Homo sapiens de cohabitar con el resto de las especies en el planeta, evidencia el fracaso del «progreso» como parte de la evolución del ser humano y relaciona el Antropoceno con la falta de empatía hacia el resto de los seres vivos y con el desbalance en los procesos ecosistémicos.
Genaro Rodríguez Otero