Un paraje en una isla

Nuestra casa es el mundo. Es el mismo aire, la misma agua, la misma vida.

Y eso nos da la libertad de andar por donde queramos.

Juan Perros


La obra de Rodrigo Ímaz nos traslada a espacios cercanos que nos provocan entrañables reflexiones. Esta proximidad es resultado de sus propias travesías entre viviendas, disciplinas y costumbres familiares, a partir de las cuales ha concebido un cuerpo de obra en el que el concepto de hábitat tiene un lugar preponderante. Su idea de hogar nace de una noción de la existencia que implica morar entre el establecimiento y el desarraigo, y se desarrolla en imágenes y artefactos que insinúan viviendas, a la vez porosas y efímeras.

La caminata, el reciclaje, la autoconstrucción son estrategias vivenciales y estéticas que se llevan a cabo en la vida diaria y que en México tienen un suelo fecundo. En este contexto, es usual observar modos de resolver problemáticas en los que los objetos adquieren nuevas y múltiples vidas, y se yuxtaponen los artefactos de la cultura local, la tecnología y la globalidad. Desde finales del siglo xx, el auge de estas prácticas apareció en el arte de México producto del tránsito entre mercancías, pero también de referencias artísticas internacionales. Ya en ese entonces, ciertas maniobras llevadas a cabo en el día a día surgieron en las exposiciones de museos y galerías, lo cual marcó a una generación ávida de conocimientos sobre otro tipo de expresiones.

Estas tácticas, propias del entorno, han acompañado al artista a lo largo de su vida y se han expresado como formas de construir su mundo. En Huacal, Ímaz reitera que, sea cual sea su hogar en este momento, hay una raíz cultural que asume y mantiene: «aquí está mi alimentación, aquí está mi visualidad, mi orden, mi estructura. Esta idea de la instalación, esta estética mexicana que tiene que ver con la ofrenda, con la oferta, con el tianguis,1 con todo; la casita que se hace con tres palitos y se estira y se agarra de una piedra».2

Y es que la palabra de origen náhuatl huacal (jaula formada por tablas de madera que sirve para depositar y transportar objetos, entre otros usos) proviene de los términos ahuatl, caña, y calli, casa, lo cual nos lleva a pensar que tanto la morada de caña, que mantiene a buen resguardo a sus habitantes, como el recipiente conformado por tramas, conservan un espacio abierto por el que puede colarse la intemperie. Este vacío propio del habitáculo, un umbral, es una apertura que pudiera referir a los paseos de aquel caminante de la urbe, o flâneur, en cuyas derivas los objetos recolectados, también ambulantes, cobran nuevos sentidos. En la creación del artista, estos artefactos aparecen en obras cinematográficas, dibujos y grabados, esculturas móviles o ready-mades en las que insiste en nuestra abismal existencia que, acaso momentáneamente, se establece. Justamente el dibujo, práctica base de su libertad creativa, que se desarrolla en una narrativa elaborada desde la historia y la memoria, muchas veces más a partir del contexto inmediato, permite cimentar aquello imposible de construir y moldear nuevas moradas.

En Juan Perros, documental que transcurre en la localidad de Cuatro Ciénegas, Ímaz sigue los itinerarios de un hombre, Juan —un posible alter ego del artista—, quien opta por vivir alejado de la sociedad y fundar ahí un hogar, siempre en riesgo de desaparecer, rodeado de animales, entre la naturaleza y los desechos del consumo de masas. A salvo en este páramo, con la tenacidad de un constructor, Juan habita un espacio diáfano pero lleno de detritus a la espera de jugar nuevas funciones.

En Talachas, Ímaz remite al trabajo y, específicamente, a la ardua labor con la tierra, el espacio en el que podemos asentarnos. En esta obra incorpora un objeto habitual, la llanta, que es símbolo tanto de movilidad como de estatus, y que refiere, por su materialidad, al pasado prehispánico. Es un dispositivo tan perecedero como el hule, que es concebido por el artista en mármol, material pétreo, más duradero que nuestra aferrada necesidad de permanencia en el mundo.

En otras piezas, como Stonehenge, la mirada del artista nos guía para descubrir su interés por lo arquitectónico, que en su infancia fue una esfera para el juego sobre el trabajo y la construcción. Esta herencia hoy se resuelve en instalaciones que edifican escenarios referentes a la sociedad hipercapitalista y al contexto migratorio, a los procesos que se manifiestan en la contradicción entre la seguridad y la fragilidad del espacio habitable, a la búsqueda de fundamento en aquello que no puede cimentarse. A través de estas piezas, recorremos con Ímaz un entorno inhóspito: la tierra sin territorio que muta y se expande, comarca en la que el ser nómada puede encontrar suelo.



1—

El término tianguis proviene de la palabra de origen náhuatl Tianquiztli, mercado.

Hoy en día, éste se utiliza para denominar a los mercados móviles o «sobre ruedas».

2—

Entrevista con el artista, 3 de marzo de 2025.

Yunuen Sariego