El arte es cosa mental... y política

Rodrigo Ímaz nació cuando las luchas por la construcción de una democracia electoral moderna en el país empezaban su lenta consolidación. Apenas en 1981, un año antes de su nacimiento, la izquierda obtuvo en Juchitán, Oaxaca, su primer triunfo electoral reconocido en un municipio, tras una larga y cruenta batalla de muchos años. El movimiento triunfante tenía por origen una coalición obrera, campesina, indígena, estudiantil y partidista. Por su parte, el entorno familiar de Rodrigo se dedicaría a construir un movimiento social por la democracia, primero universitaria y luego por las elecciones libres y efectivas en nuestro país, para llevar a la izquierda al poder. Muchas de las expresiones artísticas iniciales de Rodrigo saltaron del papel o la tela de expresión estética a la pinta callejera o el cartel político. Además, su pensamiento como creador de imágenes artísticas se desarrolló a la par que su compromiso político y social, y participó del activismo estudiantil y electoral de la izquierda mexicana.

Pero la mirada de Rodrigo en el arte y la configuración de su discurso crítico están lejos de las imágenes o las propuestas clásicas politizadas del muralismo o del Taller de Gráfica Popular (TGP). Sus pinturas, objetos ensamblados, instalaciones y grabados se nutren de los lenguajes del arte contemporáneo, dándole un giro político constantemente. Si acaso, su grabado Calaverita política (después de Posada), que convierte a la élite política, eclesial y económica en una parvada de aves carroñeras, podría ser lo más cercano al TGP, caricaturizando el devastador poder, durante el neoliberalismo, de personajes como los hermanos Salinas de Gortari, el arzobispo Norberto Rivera, el dueño de Televisa Azcárraga Jean, Enrique Peña Nieto y Felipe Calderón, aliados todos con el Tío Sam para hacer del país un abismo productor de muerte sin fin entre los mexicanos. Sin embargo, casi todo el resto de la producción de Rodrigo está igual de politizada que este aguafuerte. Por ejemplo, las denuncias de la destrucción ecológica de nuestro planeta mediante imágenes provocadoras, como ballenas y calamares gigantes que llueven sobre los medios de transporte contaminantes y emblemas del capitalismo: los automotores, los autobuses.

Echando mano del lenguaje de los materiales y su papel en la historia del arte, Rodrigo fetichiza su crítica histórica: desarrolla una serie de antimonumentos de mármol, esculturas de una bomba para destapar excusados, de una llanta que anuncia una vulcanizadora, de un balón ponchado que critica la irracionalidad de la economía del deporte convertido en mercancía, espectáculo y lavado de millones y millones de dólares.

Si bien las obras pueden tener un lenguaje poético que enarbola diversas temáticas, en casi todas hay un doblez político que, en ocasiones con humor y en otras con imaginación, muestra una configuración discursiva asombrosa e inesperada para abordar un tema, revelándonos un mensaje crítico sobre asuntos como la migración, la pobreza, la contaminación, el capitalismo salvaje, el periodismo vendido, la extinción de las especies animales, los transgénicos y la comida chatarra. A lo largo de su carrera, tanto en el cine como en grabados y pinturas, una de sus reflexiones más interesantes pasa por los hombres más desposeídos del planeta, los mendigos y pepenadores que, paradójicamente, acumulan miles de objetos que son el detritus de la sociedad de consumo. ¿No es acaso esta contradicción la que mejor retrata este mundo de desechables que está por terminar con los recursos no renovables, y que pondrá fin con ello al prodigio que nos fue otorgado: la vida, la naturaleza, el mundo?

El arte de Rodrigo busca rescatar la política como una forma de la ética, y apuesta por un planeta Tierra sin fecha de caducidad.

Fernando Gálvez de Aguinaga