Rodrigo Ímaz. El tiempo y la habitación
Rodrigo Ímaz es un cineasta contemplativo. Un testigo que contempla el mundo en el presente; un presente que desaparece a cada segundo, pero que se enriquece de lo que ha sido para alimentar mejor el futuro en curso. En el cruce de temporalidades que forman un único hilo narrativo —el de los vivos—, inscribe en la pantalla la fragilidad del ser humano en tránsito sobre la Tierra. Ya se trate del bien llamado Juan Perros en su cortometraje homónimo, de su abuela Montserrat en el largometraje Àvia, el jardín de la memoria —igualmente bien titulado—, o de él mismo como artista detrás de la visión de la valla publicitaria que desaparece en Billboard, cada vez, un ser de carne y hueso impregna las imágenes y sonidos de estos viajes documentales. El artista filma para inscribir, para dejar huella de qué, quién o quiénes han sido. Para contrarrestar la desaparición mediante la presencia eterna de la imagen y el sonido grabados. El presente de las imágenes filmadas puede repetirse infinitamente. Nada altera el borrado, pues lo real ha sido capturado. Es como si Rodrigo Ímaz curara las posibles heridas del sufrimiento y el olvido a través de la reminiscencia. La cámara se convierte así en aliada, para evitar que la nada gane la partida.
Se habla mucho de desaparición en su universo cinematográfico. De un mundo en declive o en decadencia, amenazado por la muerte (Àvia), la desintegración (Billboard) o la marginación (Juan Perros). Los humanos se erigen en la naturaleza que les rodea, y la celebran. Juan se sumerge en el paisaje, deambula, nada, recicla, no ocupa espacio y evita el consumismo. Montserrat celebra las especies naturales a través de su pasado como botánica, al igual que ha recorrido la vida, las fronteras y el océano. Rodrigo también recicla material con su efímera construcción erigida en la playa. A su alrededor, los elementos llenan las pantallas. La tierra, el polvo y el agua de Juan Perros; el ahuehuete, las plantas y las flores de Àvia; la arena, el mar y el fuego de Billboard. De hecho, el árbol favorito de Montserrat es el ahuehuete, también conocido como «viejo del agua», lo que recuerda a Juan Perros cuando nada en el río y se desliza armo-niosamente entre las olas. El flujo de la vida circula continuamente. La vitalidad está presente. Estos cánticos de desaparición definitiva o inminente son revitalizados por la profunda creencia del artista en el acto de filmar.
Hay un aspecto ceremonial en la puesta en escena de Rodrigo Ímaz, más allá de la simplicidad de sus dispositivos formales. Cada dispositivo se adapta al tema observado. Muy cerca y en movimiento con la amada, la Àvia, la matriarca de mirada luminosa que ilumina el objetivo. De cerca, el grano de la piel, las finas líneas de las manos y del rostro, el brillo del azul celeste de sus iris, su entusiasmo y sus impedimentos a la hora de hablar de José María, el hijo enfermo y luego desaparecido. En tomas temblorosas para captar la próxima actuación, cuando el sol se pone y luego sale en la playa de Billboard, dejando que los segundos y las horas se deslicen gradualmente durante los cinco minutos de la narración fílmica. En el movimiento con Juan, sus perros, gatos, cerdos, burros y buitres, y las agitaciones de la supervivencia diaria, en las afueras de la ciudad y el barullo urbano y social. Un punto común en estas construcciones formales: la mirada del director. Su visión guía la cámara. La captación de la realidad es reformateada a través del filtro del artista multidisciplinar que ha optado por utilizar el medio cinematográfico para diversificar su creatividad.
Artista solitario, navegando según sus inspiraciones, Rodrigo Ímaz filma mientras dibuja y pinta. Piensa, sueña, se prepara, monta y, de repente, capta cuando la cámara empieza a disparar. La realización de su imaginación es captada en directo gracias a la memoria de la técnica, antes de ser reelaborada en el montaje y luego revelada a través de las versiones finales, hechas públicas. Reflexionar sobre su trabajo y luego compartirlo con los demás. Dominar y luego soltar. Hacer cine es realmente una metáfora de la relación con el mundo, con uno mismo, con la vida. El movimiento y la luz se dan la mano para que la creación adquiera otra dimensión. Como pinturas tejidas de imágenes y sonidos, los cortometrajes y largometrajes se convierten en lienzos gigantes, ofrecidos a todas las miradas. Como en un ritual, los espectadores pueden sumergir su mirada en ellos. La comunión con el artista se produce a través de la obra, aunque diferida. El público también contribuye a garantizar la permanencia de lo que ha sido, ofreciendo su atención a Juan Perros, a Montserrat y a los restos de la valla publicitaria. El diálogo tiene lugar, el intercambio es fructífero. En cuanto a la intimidad del artista con el sujeto filmado, se ve de pronto trascendida por este tercer elemento que somos quienes miramos. Rodrigo Ímaz nos habla y nosotros le respondemos. Este diálogo nos inspira tanto como da una dimensión humana a su obra. ¡Esperamos con impaciencia su próxima película!
Olivier Pélisson