Esferomaquia: combate por la esfera
2026
Galería Páramo, Guadalajara

El juego de pelota ancestral es una acto ritual y cosmogónico que busca sostener el orden del universo y ponerlo en evidencia. El futbol como fenómeno mediático de la modernidad es radiografía del orden sociopolítico y cultural de nuestros tiempos.
A propósito del Mundial de futbol, Rodrigo Ímaz (México, 1982) experimenta con el balón a partir de dos ejes: la aparición del gesto humano en la esfera de los dioses y la disputa de los territorios y las territorialidades por medio de la huella de la pelota.
Por un lado, los balones de cerámica reflejan el trabajo de y con la tierra. No es casualidad que el ejercicio de investigación plástica realizado por el artista se conecte profundamente con el origen del nombre Jalisco, cuyo significado etimológico es “sobre el arenal”. Sin embargo, no hay mayor pretensión que el juego mismo, un simulacro donde al artista improvisa formas y derivas de la esfera. A este proceso se agrega el fuego como ingrediente alquímico que cristaliza el gesto, como combustible del accidente, como toque divino que devela un resultado inesperado.
Por otro lado, las estampas marcan un registro único sobre los papeles circulares. Estas gráficas develan el impacto del golpe de la esfera sobre el plano como recordatorio de la fuerza individual y colectiva de pertenencia e identidad. Los cañonazos son huellas que representan a las naciones que combaten por la esfera en la contienda mundialista.
Ímaz pertenece a una generación de artistas libres de ataduras técnicas impuestas por las academias. Su trabajo escapa por completo a un producto premeditado y calculado, su obra es consecuencia del proceso y la indagación plástica, su afán es el del juego mismo en el que el interés genuino no es la perfección técnica sino la reivindicación del ingenio y lo creativo. Mediante su práctica experimenta con todo tipo de materiales explorando diferentes estrategias y procesos para descubrir diferentes caminos y encontrar nuevas formas.
Lo trascendente es que el juego se perpetúe como ritual permanente y que la esfera siga rodando. De esta manera, Ímaz renuncia a la gloria de la perfección: “nunca me importó mucho si ganaba o perdía, quizás me importaba más el honor con el que se llega a esa conclusión; quizás mi orgullo superaba mi competitividad”.
Sol Vargas, curadora de la exposición
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