Latas de Palestina
2026
Museo Universitario UASLP

Latas de Palestina
Jerusalén es una isla que flota en medio de dos estados. La ciudad está llena de vestigios que hablan de historia, de culturas, de identidades y de fe. Quizás por esto nadie piensa en ella como un lugar de restos y residuos; pero la basura habla mucho de sus habitantes. Hacer arqueología de la basura implica entenderla como materia de análisis social, como indicios de la geopolítica y de la estructura económica.
Treinta y cinco latas sobre un fondo blanco yacen sobre la mesa del arqueólogo, como restos de una excavación; constituyen objetos, fotografías, rastros del entorno, retratos de fantasmas. Halladas entre la tierra, en el olvido, a primera vista son basura, han perdido su función de manera irreversible. Pero a los ojos del artista, estas latas representan algo más; con mirada crítica es capaz de ver en ellas la existencia del otro. Las latas de aluminio aplastadas son un testigo, una huella, un registro; en ellas se revela el aplastamiento y la asfixia del pueblo palestino. Las latas de Palestina son imagen, son materia, son evidencia de la desigualdad y radiografía de la injusticia.
En Jerusalén Oriental, el lado palestino ocupado por Israel, se vive la guerra de manera silenciosa e intermitente. Aquella parte de la ciudad subsiste a pesar de la falta de servicios básicos. Del otro lado de la frontera sólo existe el abandono, el borramiento de la ciudadanía y el exterminio. Las personas, como las latas, habitan el territorio despojado de manera invisible y silenciosa.
Rodrigo Ímaz, conoce bien el oficio de contar historias a través de los objetos más elementales. Es un pepenador de ideas que se transforman en imágenes, que se vuelven temas, que derivan en historias que se entrelazan y se narran a sí mismas. Pepenar, del náhuatl pepena, significa escoger, separar. Los hallazgos del artista nada tienen que ver con el azar. Su trabajo tiene un cometido, un método, un proceso: busca dar nueva vida a estos desechos para nombrar lo que hemos perdido de vista. Ímaz se convierte así en una especie de historiador del futuro que mira al presente y se pregunta: ¿qué historias contarán nuestros rastros a las culturas que vendrán después de nosotros?
Sol Vargas, curadora
El conflicto israelí-palestino es de los más complejos y longevos del mundo moderno. Se trata de un enfrentamiento con raíces históricas profundas: involucra disputas por la tierra, la identidad nacional, factores religiosos e intereses coloniales de potencias extranjeras a lo largo de los siglos XX y XXI.
Al finalizar el mandato británico en 1947, la naciente Organización de las Naciones Unidas (ONU) propuso un plan de partición que dividía el territorio en un Estado judío y un Estado árabe, con Jerusalén administrada internacionalmente y reconocida como ciudad multicultural, pues es sagrada para el cristianismo, el islam y el judaísmo. Si bien la propuesta de esta organización fue aceptada por los líderes sionistas, los países árabes no la aceptaron. En 1948, el general David Ben-Gurion proclamó la independencia del Estado de Israel, lo que detonó la Primera Guerra Árabe-Israelí. Israel ocupó Jerusalén Occidental y aumentó el territorio que la ONU le había otorgado en el plan de partición.
Genaro Lozano, internacionalista
En 2017, Rodrigo Ímaz participó en una residencia en el Art Cube Artists' Studios de Jerusalén. El programa, LowRes Jerusalem, tenía un enfoque sociopolítico, orientado a la comunidad, que invitaba a una posición reflexiva y crítica. El título del programa hacía referencia tanto a la «baja residencia» (estancias cortas) como a la «baja resolución», aludiendo a una visión irónica pero esperanzadora del compromiso artístico como forma de resolución de conflictos en un lugar políticamente convulso.
Durante el mes de residencia, Ímaz creó nuevas obras basadas en los residuos que encontró en Jerusalén Este (lado palestino), explorando los aspectos sociales, políticos y económicos que manifestaban. Sus nuevas obras conectaron de manera significativa con sus proyectos anteriores, creados en contextos y geografías diferentes. Esta conexión no era solo temática, sino que derivaba del enfoque sociopolítico de Ímaz y de sus métodos de trabajo únicos. Este enfoque humanista y las relaciones que genera forman parte de su posición crítica hacia el capitalismo tanto como las obras de arte que crea. Su proceso establece una ecología alternativa de relaciones en la que la lógica del consumo, el uso, el abuso y el abandono se transforma en una interconexión poética, empática e íntima con la naturaleza y con los demás.
Maayan Sheleff, curadora del Art Cube Artists' Studio
Mi pueblo camina encima de los escombros viejos, los recientes y los de hace apenas unos minutos. Camina entre montañas de desechos con la certeza de que la destrucción y el caos no pueden hacer que desaparezca la tierra donde nació su origen: la tierra de tantos campesinos, pescadores, estudiantes, profesores, médicos; una tierra en la que todos sus ciudadanos anhelan seguir viviendo, creciendo y ser felices.
Nuestro viaje está inscrito en la esencia de la humanidad. El viaje vital de cada palestino consiste en el regreso al hogar, aunque la casa esté destruida y nuestros techos ahora sean del tamaño de una piedra o sean una lata con la que inevitablemente nos tropezamos al andar por un camino arrasado décadas atrás que nos conduce constantemente a un destino incierto.
Las voces de nuestros ancestros están presentes hasta el día de hoy cuando decimos marhaba (hola o bienvenido). En este saludo hay un tono, una musicalidad que expresa en millones de voces un aliento de antigüedad. Nuestras raíces, lejos de ser una metáfora o un recuerdo nostálgico, son nuestra voluntad (con todo el peso de la cotidiana pérdida de nuestros seres queridos) de seguir honrando lo que somos.
Marhaba, marhaba a todos los que hoy sueñan con la reconstrucción de una casa y las que faltan en esta tierra que es Palestina. Marhaba a todos los que, como nosotros, ven a través de sus ventanas un hogar, una historia dentro otra, un árbol, frutos… y el derecho a existir en sociedad. Y en ese derecho a existir, marhaba a los vecinos, tal y como lo decíamos antes de que al nombre de Palestina le inscribieran el terrible empeño de significar algo tan ajeno como un montón de latas en el territorio. Esa maravillosa tierra donde antes, mucho antes, había un hogar. Marhaba.
Nadya Rasheed, Embajadora del Estado de Palestina en México
Sol Vargas | Genaro Lozano | Maayan Sheleff | Nadya Rasheed
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