Nos arrebataron la razón del mundo

2025

Museo de Arte de Sonora

El mundo nunca fue mundo, sino una construcción occidentalizada del poder: una ficción que ordenó la vida mediante la muerte, la dominación y el extractivismo. Esa “razón del mundo” —la que pretendió gobernar la existencia desde la idea de progreso y Estado— nos fue arrebatada junto con la posibilidad de imaginar. Frente a ese despojo, el arte se manifiesta como una grieta luminosa: un espacio donde lo excluido vuelve a hablar, donde la sensibilidad recupera lo que la historia silenció.

En la obra de Rodrigo Ímaz (Ciudad de México, 1982), el arte no imita al mundo: lo rehace allí donde la razón lo ha destruido. Bisnieto del filósofo vasco Eugenio Ímaz y nieto de la activista y bióloga catalana Montserrat Gispert, el artista proviene de una genealogía de pensamiento filosófico y biopolítico. Desde 2004 hasta 2025, su práctica ha transitado por la escultura, la instalación, la pintura, la gráfica, el dibujo, el video y el cine, configurando un lenguaje que une poesía visual y conciencia crítica.

Su influencia neoconceptual no se manifiesta como estilo sino como una ética de la mirada: pensar desde lo cotidiano, lo residual y lo precario para revelar las fracturas del poder y las paradojas del progreso. Ímaz lleva ese impulso más allá, transformando la observación en diagnóstico civilizatorio y la ironía en herramienta de reparación simbólica.

Esta primera exposición retrospectiva recorre dos décadas de creación en las que el artista ha construido una de las reflexiones más incisivas del arte mexicano contemporáneo sobre la relación entre imagen, territorio y colapso. La muestra se organiza en tres núcleos que trazan un recorrido desde la ruina del mundo hasta su posible reconfiguración: “Topía”, “Faena nacional” y “Ecología del absurdo”.

En conjunto, estas obras encarnan la respuesta del arte ante el despojo de sentido: una rebelión bestial contra la razón que convirtió al mundo en ruina. En el universo de Rodrigo Ímaz, imaginar —aun en medio del caos— es la emancipación de la vida frente a lo inmundo.

Octavio Avendaño Trujillo

Curador y crítico de arte


Topía: fragmentos del mundo

Ímaz profana los símbolos del poder —el dinero, la religión, los medios y la patria— y los devuelve a la vida común, desactivando su solemnidad. En un mundo colonizado por el mercado y la política, su obra revela que la topía no es una promesa de orden, sino un recorrido por el territorio en ruinas: un lugar donde aún es posible imaginar, temblar y sentir.

En sus dibujos, grabados y pinturas, el artista construye una cartografía dislocada del presente, una geografía de los restos que persisten tras el derrumbe del sentido. Las pandemias, el consumo y la desmemoria aparecen como síntomas de una época que perdió la razón que la sostenía.

Rodrigo Ímaz se inscribe en la genealogía de artistas que han enfrentado el fracaso del progreso moderno —de Goya y Posada a Otto Dix—, transformando el horror en pensamiento visual. Su mirada comparte con Gabriel Orozco la capacidad de convertir lo cotidiano en reflexión plástica, aunque en Ímaz ese gesto adquiere una intensidad crítica y política. Obras como Isla rojo o Pemexgate revelan al sujeto contemporáneo que resiste entre ruinas: islas, fragmentos, territorios de una memoria que se niega a hundirse.

En la obra de Rodrigo, la imagen no describe el mundo: lo interroga. Desde sus fragmentos, propone una forma de resistencia sensible ante la devastación. Así comienza su proyecto: desde la conciencia del colapso, la búsqueda de una nueva percepción del mundo que el poder intentó clausurar.


Faena nacional

Retomando el célebre libro de Justo Sierra, Evolución política del pueblo mexicano, Rodrigo Ímaz convierte la historia nacional en una coreografía aérea. Figuras ingrávidas, personajes populares y vehículos imposibles habitan un espacio suspendido entre la sátira y la revelación. La ingravidez se vuelve metáfora de un país que flota entre sus contradicciones —una faena nacional donde lo heroico y lo absurdo conviven bajo la misma bandera.

Los ídolos del deporte, la lucha libre y la cultura de masas —de Hugo Sánchez a Kemonito, de Jorge Negrete a Super Porky— aparecen tallados en madera y elevados en el aire. Despojados de peso, se liberan del relato oficial y devienen espejos de una identidad en tránsito. Lo que la historia quiso solemne, Ímaz lo vuelve aéreo: una atmósfera donde el mito y la risa desactivan la lógica del poder.

Esta suspensión crítica resuena en obras como Talachas, Estudio para triciclo, Objetos ambulantes o Heliópteros de Leonardo con cocos, donde el movimiento manual, precario y mecánico, encarna la invención popular frente al abandono estatal. “Cuando no es lógico, es ideológico”: allí donde el progreso fracasa, surge la verdad de la conciencia, una política del ingenio que transforma la carencia en potencia.

Obras como Juego de pelota, Cuauhtemiña o Bluetlicue anclan esta constelación en una genealogía más profunda, donde lo indígena, lo mestizo y lo callejero son expresiones de una misma energía social. Ímaz no representa al pueblo: lo encarna, lo hace flotar, le devuelve su fuerza mítica. Si en Topía el artista observaba el mundo roto, aquí ensaya su reparación simbólica: una historia desde abajo, que en la risa y la invención encuentra la levadura de la justicia.


Ecología del absurdo

Este núcleo despliega un universo donde lo animal, lo mecánico y lo imaginario se funden en criaturas híbridas que encarnan los desequilibrios de nuestro tiempo. Ímaz crea una fauna imposible —pulpos amorosos, perros buzos, caballos limosina, orcas aviones— que interrumpe lo cotidiano con una fuerza simbólica inquietante. Ya no se trata solo de ruinas políticas, sino de mutaciones del ser, huellas del cataclismo histórico que arrastró al hombre y a la naturaleza al mismo vértigo.

Aquí, el artista reinterpreta el romanticismo, pero sin su fe en la armonía natural: un romanticismo que se pierde en las nubes, entre máquinas sin destino y bestias que sobrevuelan los restos del progreso. Obras como Delivery Uber, VW calamar o Billboard evidencian una modernidad descompuesta donde el Estado sigue siendo un poder absurdo, incapaz de contener la crisis que provocó.

Las piezas Lata aplastada, Empty Doors y To Hold and Be Hold materializan el óbice del presente, ese obstáculo que impide avanzar a la historia y al deseo. En sus estructuras oxidadas late la idea de una ciudad universal, del colapso donde humanos, máquinas y animales comparten la misma fragilidad. En esta urbe sin cimientos, el egoísmo es la fiera de gravitación del mundo político, y el arte se erige como su contrapeso: una comunión imaginaria que aún sostiene la posibilidad del sentido.

Si en Topía diagnosticaba la fractura del mundo y Faena nacional revelaba la suspensión de la historia, Ecología del absurdo muestra su metamorfosis final: la disolución de las fronteras entre lo humano, lo técnico y lo animal. En esta psicología pánica del presente, Ímaz no ilustra el desastre: lo piensa desde dentro, y en ese gesto, nos recuerda que imaginar —aun en el caos— es el último acto de justicia.

Octavio Avendaño Trujillo

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