Balones perennes

Primero nos cautiva la pelota, y después quizá lleguemos a enamorarnos del balón.

Con la pelota de hule o de plástico, o hecha de trapos, de calcetines o de lo que sea, jugamos desde los tres o cuatro años por el simple gusto de jugar, por darle el indispensable espacio a nuestros afanes lúdicos. Y al balón de cuero o de vinil vamos aprendiendo a conducirlo y pasarlo lo mejor posible a partir de nuestra adolescencia, para después como adultos comprobar que va convirtiéndose en un asunto serio eso de tratarlo con el debido respeto. Del gusto por el juego como simple divertimento, al compromiso y la exigencia de saber jugarlo.

Mutatis mutandis, podemos darle vuelo a la imaginación para elucubrar que algo similar ha pasado en la vida de nuestro país y su relación con este deporte, desde el juego de pelota de los mayas como primigenio antecesor del balompié mexicano, aunque resulte insoslayable la maternidad británica en la génesis y evolución de este maravilloso juego-espectáculo-negocio devenido incomparable fenómeno social en México y en todo el mundo, a lo largo, ancho y redondeado del planeta.

Un juego con una raigambre cada día más profunda y extendida que, sin embargo, fue durante décadas menospreciado por grandes literatos, por escritores de alcurnia, a diferencia de lo que ocurre en tiempos modernos, cuando ha seducido y atrapado a otros grandiosos intelectuales de la pluma, desde Albert Camus hasta Juan Villoro, pasando por Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Vicente Verdú, Eduardo Mendoza, Enrique Vila-Matas, Javier Marías y Eduardo Sacheri.

Porque el futbol seduce y atrapa por su belleza intrínseca, porque es cónclave de esculturas en incesante movimiento, aglomeración de anhelos que se enfrentan y contraponen, derroche de habilidades y talentos, de imaginación y picardía. Porque es vínculo espontáneo entre ricos y pobres, poderosos y explotados, intelectuales y analfabetos.

Atrapados en la belleza de este juego, seducidos por sus encantos, no podemos negar su antigua influencia inglesa, ni la actual vanguardia europea, ni la tradicional pasión sudamericana, no siempre bien encauzada. Pero también al jugarlo y al presenciarlo tal vez se activen en nosotros recónditos rezagos de los mayas y sus rituales, de los aztecas, los olmecas, los purépechas y los chichimecas. Quizá por eso lo que acá jugamos es futbol, con un acento no escrito en la segunda sílaba, y no «fútbol» como en Sudamérica o en la península ibérica, como lo registra el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, con su cuestionable realeza a cuestas.

Como es único, nuestro muy mexicano balompié propicia el florecimiento de sus propios y peculiares artistas, como en el caso de Rodrigo Ímaz, cuyo irrefrenable gen de jugador lo ha catapultado hacia otras canchas para lucir en ellas, para brillar con la sensibilidad y la creatividad de quien siempre supo ver más allá del juego, para remitirnos a sus orígenes y desde ahí lanzarnos a un luminoso futuro, o por lo menos proponernos que nos lancemos con entusiasmo y optimismo.

Con el lápiz o el pincel, en el papel o en la tela, jugando con los colores y sus diferentes tonos, orientando el cincel con el impulso del mazo, con sus manos como magistrales ejecutoras de las ideas concebidas en su cerebro de artista, Ímaz ha construido una vasta y maravillosa obra mayoritariamente futbolera.

Zapatos de futbol moldeados en mármol negro, como recuerdo de ese color que ha dejado de usarse. Miniaturas de jugadores y otras figuras adheridas a las paredes para quitarles su monotonía, para satisfacerles sus ansias de canchas verticales. Balones desinflados y esculpidos en mármol para volverse eternos como ornamentos en las bibliotecas, o en las salas, comedores y recámaras, o al aire libre salpicados por el agua que circula en la fuente. Balones forrados con granos de maíz como tributo a nuestro primordial alimento, como nutritiva envoltura de un objeto concebido para cumplir otros roles. Balones reciclados como analogía de lo que necesitamos en la Tierra en nuestro intento por salvarla.

Una fecunda labor artística relacionada con el futbol y con el juego de pelota, en la que Ímaz trabaja con esos balones para cambiarles el rol, para que ya no sean solamente los objetos del deseo de veintidós contendientes, los encargados de enviar mensajes de gol o de progresión de ataques o de contención de ofensivas, y mejor se conviertan en adornos permanentes en los paisajes rurales o citadinos, en el campo o en las urbes, en los museos o en los hogares, en los patios y en las plazas, en armonía con la naturaleza, modificando la propia.

Balones mensajeros convertidos en artísticos receptáculos. Balones ponchados que dejaron de servir para el juego pero reencarnaron en macetas para trascender, para volverse perennes, para quedarse para siempre, como se queda entera la esplendorosa obra de Rodrigo Ímaz.

Roberto Gómez Junco