El Aquí de Rodrigo Ímaz

El asombro se manifiesta en los parajes desolados, los personajes solitarios, las especies sin porvenir y los objetos encontrados que Rodrigo Ímaz nos descubre en su trabajo artístico. Asombra cómo dirige nuestra mirada a momentos, sujetos y cosas, como una invitación a la maravilla, una suerte de recordatorio, de no al olvido. A nosotros, observadores, nos asombra su ímpetu por experimentar con una variedad de disciplinas y dominar el oficio en todas. En su obra, a cada imagen le corresponde una técnica.

Aquí es donde quiere vivir, donde se formó como artista, donde está la visualidad que lo estimula y donde intensivamente produce. Desde aquí decide hablar de los vestigios, ya sean antiguos como Stonehenge o actuales como los castillos de varillas expuestas en obras arquitectónicas. Desde aquí señala aquellos símbolos que se han hecho mexicanamente nacionales en esta y otras latitudes. Y desde aquí nos convoca a la melancolía con escenas que ya no son o que pudieron haber sido y no fueron, o que nunca serán.

Reverberan los artistas inscritos en la historia del arte, las alusiones a artefactos del seicento italiano, a pinturas y objetos del siglo XX, paisajes nacionalistas con ferrocarriles o erupciones volcánicas, el povera, las obras no creadas sino designadas por los artistas, bancos, ruedas de bicicleta, urinarios y un afortunado accidente, que es el mandil de trabajo de Ímaz que resulta sumamente gestual, propio del expresionismo abstracto.

Como artista de su tiempo —nacido en las postrimerías del siglo pasado—, se hace presente en su obra el desasosiego por los medios masivos de comunicación, la hibridación cultural, el alcance de los tentáculos del imperialismo yanqui, la circulación de imágenes de desastres naturales y provocados por la humanidad, los tabloides efectistas, la construcción de la historia inmediata en los medios impresos, las derivaciones melosas del capitalismo que deviene placer por ese ocio para unos imposible sin la explotación de otros, el colonialismo de las empresas trasnacionales, las repercusiones en la naturaleza de una industrialización procaz, la corrupción en los agentes políticos, el abanderamiento de causas sociales, los desperdicios del consumo masificado como objetos de estudio arqueológico, el pasado nacional ruinoso, ahogado por el destellante presente foráneo hegemónico: un apocalipsis no derrotista, sino radiográfico del estado de las cosas.

En el universo de Rodrigo Ímaz no sabemos si otro mundo es posible, pero sí nos enteramos de que el desamparo en que nos hemos situado aquí abajo en este mundo material, no tiene regreso. Ni remedio. Tenemos, en cambio, la perspicacia vernácula a la que Ímaz rinde homenaje en tanto sello identitario de lo mexicano. Las talachas como centros de servicio automotriz donde lo sincrético se hace patente en la diversificación de los oficios que desconocen la especialización que todo lo limita. Y no solo eso, sino que la impronta personalísima del propietario se estampa en la superficie del caucho industrializado, creando una tipografía propia y señalética que es autoral y colectiva a la vez. Asimismo, el artista conjetura alegorías fantásticas, como el taxi limusina, el caballo alargado para ofrecer mayor capacidad o el repartidor de Uber a caballo, que nada tienen que ver con la eficiencia. En ellas encontramos ese enrarecimiento del que hablaba el formalista ruso Víktor Shklovski: cuando un objeto ordinario tiene algo adicional que lo convierte en extraordinario y lo incrusta en el imaginario, el observador, luego de ver la obra, no puede mirar ese objeto de la misma manera. Eso es una obra de arte efectiva.

Este libro reúne ese universo Imaziano que también es habitado por animales. Entre perros, lobos, venados, ratones, monos, hipopótamos y, sobre todo, animales marinos tentaculares y orcas, la desesperanza es la protagonista. Las más de las veces aparecen coexistiendo con humanos o con inventos humanos que han modificado sus vidas y el curso de la naturaleza. Perros que navegan sobre automóviles, sobreviviendo a inundaciones; cefalópodos enormes conviviendo con pequeñas lanchas o aplastando automóviles y transportes colectivos entre plácidamente y permitiendo a la gravedad hacer lo suyo; monos en embarcaciones e invadiendo autos, recordándonos la relación entre el turista y los habitantes del entorno. Las orcas, por su parte, han merecido un estudio del artista desde la literatura, la biología y la domesticación animal en la industria del entretenimiento. El símil que establece entre estas y los aviones tiene que ver con un aspecto formal y también con la manera en que dicha especie ha sido sometida para adaptarla a la vida humana, con fines lucrativos.

Los mexicanismos que observaremos en este libro incluyen también dos deportes-espectáculo que dotan de identidad al país: el futbol y la lucha libre. El primero representa una de las más grandes pasiones del artista y el segundo aparece como resultado de exploraciones recientes que tienen que ver —en ambos casos— con la corporalidad y la liviandad, así como con las formas escultóricas que adquieren los cuerpos en los momentos estelares de cada deporte.

Dentro de la multidisciplinariedad de Ímaz, el cine ocupa un lugar privilegiado, no solo por poseer una extraordinaria capacidad para relatar historias intimistas a través de la imagen en movimiento, sino porque nos ofrece la posibilidad de contemplar otras vidas, otros paisajes, otras subjetividades. Así sucede tanto en el documental Juan Perros, que da cuenta de la cotidianeidad de un ermitaño en el desierto, contradictoriamente muy acompañado por los perros que le confieren el mote; como en Àvia, el jardín de la memoria, donde nos adentra en la vida de su abuela inmigrante y científica, y su noción de la muerte. De igual manera, con esa irresistible invitación a admirar acciones calmosas, vemos en Billboard el sinsentido de una valla publicitaria sin imagen que promocionar, instalada en la orilla de una playa desierta en la que, además, se prende fuego y se consume. Quizá, como dice Guy Debord, estamos asistiendo al espectáculo de nuestra propia miseria.

Aldo Sánchez Ramírez