Pueblos de cuatro patas, pueblos de dos patas...
La tormenta ecológica que se ha desatado en nuestro planeta ha sido descrita minuciosamente por la ciencia. Sabemos la cantidad exacta de hectáreas de selva amazónica que se pierden cada minuto y que el número de vaquitas marinas ya no es de dos dígitos. Sin embargo, saberlo no arroja ninguna solución e incluso no nos permite asimilarlo, nos paraliza. Quizás las humanidades y las artes, aún constreñidas a una mística que las opone a la ciencia, son buena compañía para transitar sensiblemente por este mundo que desfallece. No se trata de una vocación didáctica, moral o terapéutica inherente al arte, sino de que las prácticas artísticas, a través de su capacidad imaginativa, muestran nuestros complejos vínculos con la naturaleza.
La obra de Rodrigo Ímaz, ciertamente, es consciente de ello. Está impregnada de una reflexión ecológica que no se reduce a una actitud declarativa o decorativa que nombra los problemas ambientales. Sus piezas formulan hipótesis que contienen escenas aparentemente surrealistas, cargadas de ironía y sentido del humor, que revelan lo distópico de nuestro habitar en el mundo. Esto convierte un posible discurso prescriptivo en una propuesta lúdica que problematiza nuestros vínculos con el agua, los animales y el resto de los seres del planeta.
En su producción destaca Orcavión, una orca con alas de avión, vehículo de múltiples reflexiones que buscan cuestionar nuestra percepción sobre la vida natural, la vida artificial e incluso los artilugios de la ingeniería genética. La invención de esta criatura híbrida fue detonada por el absurdo de ver a Keiko —la famosa orca protagonista de la saga Free Willy— viajando en un avión, prisionera de un pequeño tanque, para aparecer en el siguiente show de un parque de diversiones. Utilizar los cuerpos de estos animales para un entrete-nimiento comercial implica una serie de vejaciones: son capturadas, secuestradas y recluidas en albercas que son cárceles. Se aprovechan de su inteligencia, misma que ha maravillado a los científicos. Por ejemplo, se ha demostrado que las orcas poseen una forma de «cultura», pues «heredan» maneras de cazar de generación en generación gracias a su lenguaje y su capacidad de aprendizaje. En el mismo plano de las hipótesis, se manifiestan escenas de grandes inundaciones que incluso desafían sedes y estructuras del poder como el Capitolio estadounidense, desde donde se ha negado constantemente el cambio climático. También figura la serie de animales marinos cayendo destructivamente sobre vehículos, como una lluvia de cetáceos o cefalópodos. Estos episodios pueden leerse como un tipo de karma civilizatorio y tienen un sentido clarividente, superado por fenómenos como el tsunami de 2011 en Japón y la misteriosa aparición del cadáver de una ballena en medio de la selva amazónica, sin otra explicación que la de una tormenta.
Me parece fundamental rescatar las entrañables obras protagonizadas por monos. Estas tal vez pertenezcan al reino de los homínidos representando a otros primates. En algunos casos, estos changos tienen un poder demiúrgico, pues revierten las sillas de madera en ramas y miran las reminiscencias de su hábitat natural en un navío encallado. Por eso, cuando el humano viajó más allá de su terruño llamado planeta Tierra, la imagen del mono Astronauta —un caso emblemático de experimentación con animales— fue un espejo recordatorio de que seguimos siendo primates; un ser más en la naturaleza, que siempre busca explotarla y apropiarse de ella.
En última instancia, la reflexión ambiental de Rodrigo no es abstracta. No se trata de un ambientalismo ramplón que busque universalismos. Es una crítica situada y enunciada desde el llamado «Tercer Mundo» o, más refinadamente, el «Sur Global». La crisis ambiental se vive de manera diferenciada y debe ser pensada según sus causas y consecuencias socioeconómicas. Muestra de ello es la constante mirada crítica del artista en torno al reciclaje, al oficio del «pepenaje» y a los «desechos». Dicha mirada no solo se expresa en el contenido de sus obras, desde la Nave de los locos hasta su documental Juan Perros (2016), sino que también se refleja en su materialidad. Tal es el caso de los Cocos germinados y otros ready-mades que pervierten el prejuicio negativo sobre lo tropical; los bosques talados pirograbados en placas de madera, un enramado de metanarratividad; los jardines de Balones ponchados hechos macetas, y los balones cubiertos de maíces criollos, asediados por la garra homogeneizadora de los transgénicos (Balón maíz). Rodrigo integra la recolección de desechos materiales y elementos vivos para lograr un juego de significados y emitir un mensaje; acción análoga a la común práctica popular que reutiliza materiales para crear una economía alternativa.
La integración de las meditaciones ambientales y sociales es vital, no solo en las artes, sino para cualquier otra disciplina que busque decodificar nuestra caótica relación con el resto de la naturaleza. Es incluso un imperativo ético el conmoverse y ocuparse tanto del oso polar que hurga en la basura como de aquel ser humano que se ha dedicado a eso por generaciones. La consigna es de solidaridad en muchos sentidos, pues para vivir bien en este planeta, hay que cuidar a todas las especies, comenzando por la nuestra:
Solidaridad. Los pueblos.
¡El pueblo árbol, que se yergue!
¡El pueblo pájaro, que vuela!
¡El pueblo marino, que nada!
¡Pueblos de cuatro patas, de dos patas!
Gary Snyder, Madre Tierra: sus ballenas, 1975
Ayamel Fernández G.