En el aire

Cómo no te voy a querer

Cómo no te voy a querer

Si mi corazón azul es

Y mi piel dorada

Siempre te querré…

Cántico de La Rebel, porra del equipo de futbol Pumas, de la UNAM


Un círculo es perfección, es geometría sagrada, es la decantación formal que nos señala el origen. No por nada, en el séptimo día de la creación, mientras descansaba, a Dios se le ocurrió inventar el balón.

Tanto en el futbol como en el arte encontramos pasión, materia que constituye la proeza humana y el disfrute compartido. Solo es cuestión de escuchar, de tener la voluntad de apreciar el amor de un hincha por su camiseta, así como la de entender la revelación que un esteta alcanza ante la experiencia artística. Todo es cuestión de escucha, de empatía, de entendimiento mútuo. Algo que nos urge como sociedad en estos tiempos.

El futbol y el arte tienen mucho en común. Son reflejo de sus pueblos, son representación y realidad. Esta cancha rectangular contiene la historia de los goles más sublimes, como la mítica chilena de Hugo Sánchez frente al Logroñés, que hizo vibrar el Santiago Bernabéu y provocó que los aficionados del Real Madrid sacaran sus pañuelos blancos en plena ovación taurina de máximo respeto. En esta cancha rectangular Tiziano nos regala tanto La Asunción de la Virgen como La bacanal; el espíritu, pero también el cuerpo, el alma y la fiesta, distintos e indivisibles. En esta cancha rectangular hay experimentación, hay trabajo arduo que, con sudor y esfuerzo, dota de pinceladas estratégicas el juego de la vida, el drama de los últimos minutos, el tiro libre que suspende el tiempo, el color que se convierte en símbolo, la forma que evoca destinos.

El futbol es el más democrático de los deportes. Solo requiere de un balón, y quizá un par de ladrillos para colocar los límites de una portería. El futbol se juega en la calle, en un pasillo, sobre pasto, tierra o asfalto, con una pelota, un bote o una lata. Solo se necesita voluntad e imaginación. Si el balón se poncha, se acaba el juego. Si el balón se poncha y vives en México, se convierte en maceta. Un ready-made que transforma la muerte en vida, la pausa en continuidad, la imposibilidad en esperanza. Un gesto que articula nuevas formas de pensar el objeto y su función. De algún modo, el trabajo de Rodrigo Ímaz nos regresa a la franqueza del presente, pero también a la idea de futuro: un balón ponchado que se convierte en vida, un balón que no rueda más, que ha cedido su interior para convertirse en contenedor de raíces, en la base de una escultura viva que se nutre de agua y luz.

No exento de crítica, el trabajo de Ímaz señala los excesos, los absurdos y el dominio ejercido por el poder que afectó a México durante tantos años. En ese sentido, el futbol, como la vida, como el arte, no se salva de la reproducción de mecanismos de injusticia, corrupción y degradación moral. Todos lo sabemos, ¡no era penal!

Sin duda, el aficionado ofrece incondicionalmente su amor a estructuras capitalistas que no conocen la reciprocidad. Pero como afición aguerrida, nada nos quita la fe. Hemos decidido creer, y con ello llorar, sufrir, amar. Porque todos sabemos querer, pero pocos sabemos amar.

Esa pasión colectiva que hace latir un estadio es, como expresión, diametralmente distinta a la experimentación estética en el arte. Aquí, el momento de conexión entre nuestros sentidos y nuestra mente con las ideas y la materia del arte es de tipo implosivo. La catarsis es interna, no hay júbilo a gritos, pero hay un sentido personal de inscripción en la memoria.

Un partido de futbol o un juego de pelota, con porterías en semicírculos que tienen inscrito nuestro ADN cultural, son también una metáfora de la historia. Un juego, una coreografía simbólica, un guiño a la objetividad, un simulacro. El (futbol) arte le debe más al engaño que a la objetividad.

Personajes suspendidos, ingrávidos, sostenidos por el tiempo pausado, nos invitan a interpretar más allá de lo que vemos. Cuerpos atléticos que, en un fragmento temporal sin retorno, dibujan una acrobacia aleatoria en el aire, que desafía la gravedad en una danza ligera. ¿Será esto un gol que defina el partido? ¿Será la tijera de Negrete una gloria irrepetible? El balón, como el arte, está en el aire.

El trabajo de Rodrigo Ímaz está lleno de gestos hacia la historia de la cual nos construimos. Impulsado a jugársela, decidió tomar el camino del arte, acto comparable con la locura que llevó a René Higuita a realizar «el escorpión», jugada inédita y de absoluto delirio. Sin la chispa del disparate, sin la genialidad del toque, sin la mano de Dios, no existirían los sueños, el balón no tendría sentido de rodar, el arte carecería de belleza que revelar.

Juvenal Urzúa