Balón ponchado

El mundo es un balón ponchado, la esfera se desinfla para el juego humano, en un mundo donde la dictadura de lo desechable y de la explotación irracional de los recursos naturales ha multiplicado a tal grado la basura que el planeta mismo parece hoy nuestro basurero en lugar de nuestro hábitat.

Colocar el balón en esta cancha discursiva en el momento en que millones de personas ponen su atención en el Mundial de Futbol, propone resignificar la pelota, dejar de jugar y cuestionar si somos capaces de reciclarnos como especie, transformar radicalmente el sistema que estamos usando para organizarnos como sociedades, o la esfera terráquea nos verá desaparecer y se reconstituirá sola, usándonos de abono para el siguiente ciclo planetario.

A lo largo de su carrera, Rodrigo Ímaz ha realizado una serie de cuestionamientos en torno al cambio climático, la basura, los desechos, lo reciclable, el colapso de nuestras formas de transporte, en especial del uso del auto como sistema de transporte individual y emblema del éxito. Los autos aplastados por inmensos animales, son metáforas de un mundo hecho para los autos que ha colapsado por el tráfico, la emisión de gases, el calentamiento global agravado por los automotores, y que sin embargo persiste en su atrofia, llevando a nuestras ciudades a ser irrespirables y al borde de ser invivibles. Instaladas a lado de la zona arqueológica de la ciudad de México Tenochtitlán, en una de las esquinas del Templo mayor, del otro lado de las ruinas se situaba lo que eran los juegos de pelota que nuestros ancestros utilizaban como método para perpetuar el movimiento cósmico, la pelota era el astro solar y para que sus ciclos y movimiento se mantuvieran activos, los hombres jugaban y los ganadores se sacrificaban para mantener el orden universal a favor de la especie humana. ¿Qué sacrificios tenemos que hacer hoy para recuperar el orden de la naturaleza y el universo a favor de la humanidad? Con la sencillez del reciclaje, el artista pepenador al modo de Francis Alys, hace de los balones macetas del reciclaje y en sus lecturas polisémicas estos cincuenta planetas ajedrezados, con sus claroscuros como el devenir, lanzan una expresión radical de esperanza que se cifra en las plantas vivas, vida que el artista, los museos donde aloje la exposición y el público mismo tienen que cuidar. Y al mismo tiempo, los esféricos lanzan un rotundo y apremiante mensaje: “El juego ha terminado”.

Fernando Gálvez de Aguinaga