Una visión humanista

Como muchos artistas de hoy, Rodrigo Ímaz sincroniza disciplinas gráficas, pintura, arte-objeto, instalación, video y cine; además de ser esta una condición (¿una retórica?) de la contemporaneidad, lo encamina a esa práctica simultánea la curiosidad de retarse a sí mismo en diversos lenguajes. En segundo lugar, a Rodrigo le gusta hablar de su obra y lo hace bien: tiene las herramientas de elocución para explicarla con sencillez y claridad. Ambas características justificarían el título de mi texto.

Cuando digo humanismo, aludo a aquella corriente que llevó a varios escritores del siglo xv a recuperar la cultura de la Antigüedad grecorromana, el repertorio popular, la caballería, lo pastoral. También connota al explorador que recusa la autoridad y descubre experiencias alternas. Podríamos percibir aquí analogías con el método de Rodrigo: él anexa ideas actuales a ensueños arcaizantes, propulsa las interrogantes en varias direcciones y desea transmitir el conocimiento de modo inmediato. Al cabo, estima que el arte es un instrumento esencial de comunicación y que, para fructificar, la obra requiere un contacto directo con los públicos.

Subyace a su intención pedagógica la conciencia de que el deber cívico también se cumple a través del arte. Al respecto, recordemos que el Renacimiento, en desacuerdo con la cultura medieval contemplativa, se basó en la oratoria y la acción del individuo en sociedad, es decir, en el ciudadano «parlante». Arraigó en un sistema de valores laicos (virtud, civilidad, dominio de sí, gusto por la belleza, agilidad intelectual) que sustituyeron la ideología feudal por modelos éticos heredados de Atenas y Roma. En este sentido, Rodrigo abre un campo de búsqueda —de imprecisas fronteras interdisciplinarias— que confronta cuestiones morales, políticas y estéticas. Aspira a un debate en que el pensamiento crítico permanece alerta, avanza en la incertidumbre sin estacionarse en ramificaciones doctrinarias. De allí el recurso de la ironía, el comentario fragmentado, la denuncia del progreso y de la precariedad, que convergen en su obra.

En sus piezas tridimensionales, Rodrigo relee a los clásicos, especialmente a Marcel Duchamp. Lo anima una irreverencia siempre festiva, como si el simulacro mereciera el toque cómico que aporta la tropicalización de la tradición. Abundan los guiños al pionero del ready-made en instalaciones recientes con objetos encontrados en el tianguis, cual tributo a oficios de la calle, al albañil, al cargador del mercado, al vendedor ambulante, incluso al quídam que sale al mandado. En diversas series temáticas vemos colgar llaveritos de urinarios blancos en un portabotellas metálico, o una rueda de bicicleta erguida en un cono reflectivo estropeado, o una lata de refresco comprimida en mármol níveo… Así como el destapacaños acaba decorado con tezontle y el bote de comex reciclado en maceta, el bloque de cemento rematado con varillas amarillas hace referencia al arquitecto Barragán.

Dada su capacidad de transformación, el taburete y el coco germinado detonan secuencias combinadas: avatares de lámparas surrealistas, retablos consumistas, artefactos de gimnasio y otros desvíos situacionistas que distorsionan la función utilitaria del objeto para producir un efecto crítico. Lo lúcido y lo lúdico se hacen presentes en las cadenas metonímicas a que dan lugar los motivos hibridados ad libitum (la sombrilla japonesa multicolor es accesorio kitsch y/o mezclador de cocktail playero; el triciclo expendedor de cocos se encalla en una isla desierta o evoca al helicóptero de Leonardo da Vinci). La parodia contagia toda la plástica de Rodrigo —véanse ciertas escenas canónicas como el lienzo del descarrilamiento ferroviario a la José María Velasco o el grabado de orgía de calacas inspirado por Posada.

Mi primer contacto con la obra de Rodrigo fue en la colectiva Yo, primate (Border, CDMX, 2012). Conservo el póster: reproduce un cuadro suyo, saturado de acrílico negro, salvo por un enorme hocico de caninos blancos y lengua rojo sangre. Sigo creyendo que su fuerte es la línea. Es más, detecto algo extraño en sus glosas escultóricas: la ausencia del bestiario, que, sin embargo, constituye el tema percutor de su pintura y su gráfica, basadas en arquetipos zoomorfos (el avión-ballena, el carro-pulpo) que desarrollan parábolas sobre la alienación capitalista y la devastación ecológica. Desde tiempos remotos, el animal designa «al otro» natural, y sus metáforas abarcan la leyenda, la mitología y el inconsciente. En el caso de Rodrigo, provoca argumentaciones sobre las contradicciones de la vida contemporánea, que estarían impregna-das de ansiedad si no fuera por ese sentido del humor falsamente cándido que sustenta su obra entera.

Sylvia Navarrete